El bisturí

Sales del edificio y el sol te hiere los ojos obligándote a cerrarlos. Te proteges con una mano haciendo de visera mientras con la otra te alzas el cuello de la gabardina. Es primavera y hace buena temperatura, pero sientes frío en los huesos. Bajas las escaleras y te acercas a la parada de taxis; en el último instante decides caminar.

Siempre te ha gustado caminar por las calles de Málaga bajo el sol, pero hoy es distinto, no caminas por gusto sino para cumplir una tarea que te has impuesto. Deambulas, callejeas sin precisión, desorientado por la luz excesiva –han sido demasiados días de hospital- y la debilidad. Llegas a los jardines de Picasso y te sientas unos minutos en un banco, a la sombra de un olmo enorme con corazones y nombres rasguñados a navaja en el tronco. Carlos y Mónica, Jonathan y Ana. Piensas con una ligera sonrisa que al final serán Carlos y Ana y Jonathan y Mónica, pero sólo un tiempo; después serán sólo Carlos y sólo Ana y sólo Jonathan y sólo Mónica. De sobra sabes que ellos acabarán sabiéndolo sólo cuando ya no tenga remedio. Y piensas que cometerán el error de arrepentirse, modificando así el pasado –esto, recuerdas, es de Oscar Wilde-, trastocándolo hasta el punto de que un día no quedará una sola marca en el tronco del viejo olmo, que nunca debió ser herido por manos que antes de saberlo ya mentían; que al final las heridas infligidas al olmo viejo y sabio sólo serán un desleído reflejo de las más profundas que habrá en los corazones de quienes grabaron sus nombres a cuchillo donde no hacía falta. Debieron encontrar la forma de tallar aquellos nombres erróneos en sus propios corazones, que tal vez hoy ya no conserven, como no se conserva un paquete de cigarrillos vacío.

Sigues tu caminar impreciso, encuentras el portal que buscabas, llamas al interfono.

-¿Quién es?

-Soy yo, Antonio, -contestas con voz trémula, recuerdas que casi no has hablado en semanas y ahora te cuesta-, ¿puedo subir?

Se hace un silencio eterno a través del aparato, te secas con un pañuelo las gotas de sudor que caen sobre tus ojos

-Mejor que no, -responde al fin la voz nasal de hombre-, Adela está esperando a unas compañeras de trabajo para almorzar. Yo tengo que cuidar del niño. ¿Qué quieres?

-Hablar un poco, sólo eso.

-Pues habla.

-Es que así es demasiado frío, déjame subir sólo un momento, seré muy breve, lo prometo.

-Ya te he dicho que no puedo, di lo que sea por el interfono.

Sonríes con pena. Tu propio hermano no quiere recibirte. Reprimes el impulso de marcharte y haces acopio de valor.

-Ernesto, ¿tú crees que en el fondo he sido una buena persona?

-Hemos crecido juntos, tal vez me conozcas mejor que nadie. Necesito saber si he sido una buena persona, tienes que decírmelo, por favor. Ya sé que estás enfadado conmigo; con toda la razón. Soy un hijo de puta, siempre lo he sido, pero tengo la esperanza de que lo que en realidad he sido es un inmaduro, un niño travieso que nunca terminó de crecer, ¿crees que puede ser? Que tanto daño y tanto dolor no se provocan por diversión, que tiene que haber una explicación que no sea la maldad cruda. Porque si no estoy muerto, Ernesto, muerto. ¿No lo entiendes?

De nuevo el silencio opresivo que te hace sudar más que el calor. Respiras con dificultad, jadeas, te limpias con el pañuelo pero te embozas enseguida con la gabardina para combatir el frío que te traspasa.

-Oye, mira –dice la voz-, estas no son maneras, Antonio, de verdad, es que contigo no hay quien pueda. Mira, oye, llámame a la oficina y tomamos un café. Allí hablaremos.

-No me queda tiempo para cafés –contestas y prosigues tu camino. A los pocos metros oyes la voz del interfono ya lejana y apagada.

-Pero, ¿tú no estabas en el hospital?

Sonríes de nuevo y sigues caminando. Te coges el vientre y te doblas un poco. Tu cara se agria por el dolor y el sudor empapa tus cejas y tus párpados; apenas consigues ver. Te limpias con el pañuelo mojado y te apoyas un momento contra la pared. Respiras profundamente varias veces. Notas palpitar las venas en las sienes y en el abdomen. Debes continuar, te queda poco tiempo. Sigues por la Alameda tu recorrido errático y renqueante, tropiezas varias veces con baldosas mal niveladas o descolocadas por el paso del tiempo y de la gente que siempre atiborra esa calle principal de tu ciudad. Te detienes frente al escaparate de una joyería y contemplas un collar, piensas lo bien que quedaría en el cuello de Laura, ese cuello largo y pálido surcado de venitas azulinas que tanto te gustó. Haces el amago de entrar en la joyería pero recuerdas que no llevas dinero encima, ni siquiera documentación.

Echas a andar ahora con paso más firme bajo el sol mordiente del mediodía malagueño, la mano izquierda aferrada a la gabardina a la altura del pecho, como queriéndola aplastar contra tu cuerpo; la derecha, cruzada sobre el abdomen. Llegas al Paseo de Reding, contemplas las casas de construcción antigua y señorial, pequeños palacetes habitados por la clase más pudiente. En uno de ellos vivías tú con Laura y los gemelos, hace años, antes de que todo se torciera. Te propones insistir con firmeza para que Laura te deje entrar pero no hace falta: ves que está a punto de subir al coche con los niños.

-¡Laura!, -gritas y tu voz se quiebra al final. Ella se vuelve y observas blanquearse sus mejillas, te contempla un instante con la boca abierta y, reaccionando de inmediato, hace subir al coche a los gemelos.

-¡Dios santo! ¡Antonio! ¿Qué quieres ahora? No vas a dejarnos vivir en paz; es eso ¿verdad?, no vas a parar hasta que ocurra una desgracia.

-No, por favor, Laura, no es eso, créeme, sólo quiero hacerte una pregunta.

-Sabes muy bien que tienes una orden de alejamiento. Si llamo a la policía te meterán en la cárcel, -y esgrime el teléfono móvil ante tu cara, como si fuera un arma.

-Por favor, Laura, he salido hace unas horas del hospital, estoy débil, no tengo fuerzas, no soy una amenaza para nadie. Necesito que contestes a una pregunta, sólo eso, después me marcharé y no volverás a verme, te lo juro por nuestros hijos –y tratas de adivinar sus rostros a través del cristal ahumado del coche; consigues ver un par de narices aplastadas contra la luna trasera del vehículo.

-Tengo que llevar al colegio a los niños, ahora no tengo tiempo para preguntas, llama por teléfono después.

-No hay un después para mí, Laura, tiene que ser ahora, por favor –notas la calidez de las lágrimas que resbalan por tus mejillas y ya no te contienes, lloras como un niño perdido, suplicas-, sólo una pregunta, por lo que más quieras.

La ves dudar, tiene abierta la puerta del conductor pero detiene el movimiento de introducirse en el coche, se queda parada en esa incómoda postura, una pierna dentro y la otra fuera, apuntalando el equilibrio con las manos, una sobre la puerta abierta, la otra sobre el techo.

– Que sea rápido, voy con retraso. –Saca la pierna del coche, se queda mirándote con enojo.

-Laura, hemos vivido juntos más de seis años, me conoces muy bien. Yo lo que quiero saber es si a pesar de todo, en el fondo, tú crees que soy una buena persona.

Ves arrancar el coche a buena velocidad, casi quemando rueda. Te sientas en un banco, a la sombra de un tilo y sacas del bolsillo de la gabardina el maldito papel, el que se le cayó esta mañana a la enfermera tras revisarte y que tú, antes de que se diera cuenta ella, tapaste arrojando una almohada al suelo y recogiéndola, junto al papel, antes de que ella lo hiciera (“no se moleste, ya ve que estoy ágil todavía; sí, ya sé que no debo hacer esfuerzos, no se volverá a repetir”). Ese papel que te dijo lo que no te dijeron los médicos cuando les preguntaste, y que siempre evadieron la respuesta preguntándote a su vez si tenías familiares cercanos que pudieran ir a verte, que preferían hablar con ellos primero. Ahora sonríes pensando en esos familiares cercanos, en lo dispuestos que se habrían mostrado a ir a verte. Sabes bien que ellos sabían que estabas internado desde hacía semanas, todos tus conocidos lo sabían. Ninguno te visitó. Los ojos llorosos de Laura, mitad iracundos, mitad apenados, te han hecho comprender hace un momento que ella es la única que tal vez se lo había pensado, pero había decidido no hacerlo, como decidió no contestar a tu pregunta con palabras: su mirada inequívoca lo dejó todo dicho antes de introducirse con rapidez en el coche y salir huyendo de tu vida. Una vez más. La última, piensas mientras intentas sonreír sin conseguirlo.

Paseas por el parque a solas con tu desesperanza. Miras a los patos en el estanque, a los niños jugando en los columpios, al cielo limpio del atardecer. Sientes el frío con violencia dentro de tu cuerpo, te aferras a la gabardina y te proteges el vientre con el brazo. Se levanta una suave brisa que seca tu cabello mojado y te permite respirar hondamente. Sales del parque y te sientes mejor lejos de la penumbra de los árboles. Tu andar rengo y arrastrado se acentúa a medida que se acerca el crepúsculo. Te encaminas hacia ninguna parte, sabiendo que tu tiempo se acaba; y no obtienes respuesta a tu pregunta. Tanto penar para una mísera respuesta que te niegas a vaticinar porque intuyes que sería una presunción certera y eso te da pavor.

Pasas, ya casi de noche, frente a El Corte Inglés, que anuncia en grandes carteles adosados a las paredes del edificio las maravillas que se pueden adquirir en primavera. Será la primavera del próximo año, piensas, porque estos siempre van siempre con varias estaciones de adelanto. Un perro sarnoso se cruza contigo, lleva  el rabo entre las piernas y ves en su mirada la misericordia que no has visto en las de tus congéneres, que se apartan de tu camino como si fueses un apestado. Sientes la curiosidad de ver tu imagen reflejada en un escaparate pero desechas la idea. Sabes que debes de parecer un pordiosero, no hace falta que te lo confirme ningún espejo. Eso está bien, te dices, porque es lo que te sientes por dentro, un pordiosero, así que tu apariencia no es mas que el reflejo de tu realidad.

No quieres admitir la derrota y decides quemar un último cartucho. Te encaminas hacia el pub Gwendal, que frecuentas desde hace casi veinte años. Allí tienes amigotes y camaradas de barra siempre dispuestos a reír tus chistes, sobre todo cuando además pagas las copas. Está casi vacío, todavía es temprano. El propietario está terminando de limpiar. Te sientas en la barra.

-Fíame una copa, Vicente.

-¿Así estamos? ¿Pero tú no estabas en el hospital?

-Me han dado el alta.

-Pues tienes mala cara, estás blanco como la cera.

-Es que me falta sol.

Te sirve un whisky con hielo que apuras de un trago. Sientes una punzada en el abdomen y te encoges, pegando la frente en la barra. Te llevas la mano al vientre, como sujetándolo.

-¿Te encuentras mal?

-No es nada, todavía estoy un poco débil, se me pasa enseguida.

-Pues yo te veo mal.

-Te digo que no es nada. Oye, Vicente, si te pregunto algo ¿me responderías con sinceridad?

-Depende

-Tu nunca te mojas ¿verdad?

-Yo sólo soy un  camarero, si buscas consejo espiritual ve a ver un cura.

-Gracias por tu sarcasmo, pero va en serio ¿responderías de verdad, con el corazón en la mano, a una pregunta?

-Joder, qué solemnidad, venga, pregunta.

– Llevas más de veinte años detrás de la barra, has visto de todo, calas a la gente en cuanto la ves, eres como un psicólogo, no, más, porque los borrachos no mienten; aquí las he pillado de cuadritos, me conoces, lo sé. Ahora escucha y responde con sinceridad, ¿crees que soy buena persona? No digo un buen colega de borracheras, sino buena persona de verdad, ¿lo crees? –hay súplica en tu mirada aunque tú no te des cuenta, estás quemando tu último cartucho.

¿se te han cruzado los cables? –se muestra preocupado, titubea- ¿te pasa algo serio? –de repente se relaja- me estás vacilando, capullo.

Le miras con cansancio a los ojos, una mirada desprovista de matices, vacía, como de yonki o de zombie. Al cabo de unos segundos, tal vez minutos, contestas.

– En mi vida he hablado más en serio.

Sientes que él sabe que es verdad, ves un destello de alarma en el fondo de sus ojos, está nervioso de nuevo, aparta sus ojos de los tuyos y finge seguir con sus tareas.

– Te repito la pregunta, Vicente, ¿crees que he sido una buena persona? Son muchas noches juntos, me has visto borracho y llorando, sabes como soy, ¿puedes responderme, por favor?

– Mira, Antonio –dice tras dejar la bayeta y encararte-, cada uno es como es y no hay que darle vueltas. La vida es corta –sentencia señalándote con un índice acusador-; disfrútala y déjate de filosofías.

– Gracias, muy amable –susurras y esbozas, ahora sí, una de tus sonrisas-

– Y vete a casa a descansar, que pareces un muerto.

Sales del bar con el dolor reflejado en tus facciones, trastabilleas y te cuesta recobrar el paso, caminas por caminar, te pierdes en laberintos de calles, piensas que es gracioso perderse en la ciudad de uno. No quieres preguntar a nadie, tu camino está próximo a su fin, lo sientes en tus huesos, en tu abdomen, en todo tu cuerpo que parece un títere que va perdiendo los hilos que lo mueven. Tus miembros ya casi no responden, son migajas, casi restos. Vomitas contra una pared. El vientre te arde pero sigues sintiendo frío, un frío como nunca hubieses imaginado que se podía sentir.

– ¿Estás chungo, colega?

Son cuatro, la luz turbias de la farola arranca destellos en sus chamarras claveteadas y en sus cabezas con reflejos engominados. Forman un semicírculo que te encierra. Te yergues y miras más allá de sus figuras chulescas y reconoces el barrio, La Trinidad; has venido alguna vez a pillar algo, con algún amigo que conocía a alguno que pasaba tema; sabes que no se debe andar solo por esas calles de noche. Apoyas la espalda en la pared, tratas de relajarte.

– ¿Qué queréis? No llevo nada encima.

– ¿En serio? – pregunta el más gordo acercando su cara a la tuya. Los demás esperan tensos, casi sientes su miedo, sus nervios agazapados, sus músculos rígidos y a la espera.

– En serio, miradme, no valgo la pena –pero sonríes, esta vez con tu sonrisa de siempre, con la de antes: una sonrisa que pide guerra.

Sientes punzadas de dolor por todo el cuerpo, caes y te encoges en el suelo, en postura fetal, recibes patadas en la espalda, en las piernas, en la cabeza desprotegida porque tus manos, instintivamente, se aferran a tu abdomen. Al poco tu sistema nervioso se afloja, ya no te duele tanto, sientes los golpes como a través de un colchón; no sufres. Te zarandean y paran, abres los ojos, ves las estrellas y la luz mortecina de la farola. Te registran, notas que te tiran de la gabardina, buscan lo que no tienes para ellos. A cambio, uno, el más bajo y aniñado, saca el papel, ves turbiamente cómo lo lee, tú le acompañas murmurando las palabras que has leído cien veces esa mañana, las recitas susurrando: “Antonio Rengel Vargas, 38 años. Diagnóstico: tumor maligno en la base del páncreas con metástasis en hígado, estómago y pulmón izquierdo. Pronóstico: de dos a cuatro meses”. Ves la cara de estupor del chaval.

– Tíos, vámonos, dejadle y vámonos, ¡venga!

– Espera, tronco, no hemos acabado –dice el gordo. Te abre la gabardina a tirones, luchando con tus dedos engarfiados en los bordes, al final claudicas y dejas de resistir, te aflojas y abres los brazos, los apoyas extendidos contra el suelo.

-Hostia, tíos, el nota está desangrándose –oyes que dice uno, tras de localizar la voz pero tus ojos no responden, ves turbio.

-Fijaros –dice otro- lo han apuñalado.

Acercas titubeante tu mano derecha al abdomen, localizas el mango del bisturí y sonríes tosiendo sangre, lo aferras y das un tirón con el resto de tus fuerzas. Mana tu sangre desbocada, liberada al fin.

– Decidme una cosa –susurras apenas, no te queda aliento-, por favor. Es importante –ellos se ponen nerviosos, hablan de salir corriendo, tú agarras al que está más cerca por la pernera, es el más joven, el que ha leído el papel.

– Dime una cosa, por favor – tu voz ronca, agónica, suena fúnebre, el chico trata de soltarse pero tú sacas tus últimas gotas de energía y lo sujetas fuerte-, por favor, sólo una cosa –el chico te mira, sereno de repente, quieto- ¿crees que soy una buena persona?, por favor –tu vista se nubla y te sientes en calma, sabes que vas a morir. El chico da un tirón y se zafa de tu presa, sale corriendo. Tu vista se apaga por momentos, te relajas y te dispones a dormir.

Pero notas una sombra, o un espectro, o la misma Muerte que se acerca con sigilo, como no queriendo molestar tu reposo previo al sueño, a tu último sueño. Reconoces con trabajo una cara conocida aunque no recuerdas de qué o de dónde. Una voz amiga te da las buenas noches, como cada noche desde… desde, sí, claro, desde que ingresaste en el hospital.

-Buenas noches, Antonio, que descanse usted.

Te mesa el cabello y te sonríe, como cada noche. Se aleja despacio sin dejar de mirar tus ojos que no consigues mantener despiertos.

Te duermes con una sonrisa crispada, igual que un niño travieso.

Mónica

Había en sus ojos esa irónica malicia de quien usurpa la personalidad de otra persona. Eran ojos de mirada hipnótica repleta de vagos matices tras los que se adivinaba una camaleónica y perversa capacidad para mostrar distintas facetas de carácter sin permitir entrever una sombra de disimulo, una facultad de diversificación que sólo los grandes actores o los grandes locos poseen. La trajo mi hermana una tarde de septiembre, dio alguna vaga excusa para introducirla en su cuarto del que no se movió desde entonces. Fueron tres meses en total, creo, lo que duró su estancia en casa antes de que yo la matara. Era una obsesión para mí, aquella mirada siniestra, diabólica, me perturbaba los días y me arruinaba los sueños. No podía sacarme de la cabeza sus ojos que escondían un ser que no era ella, un ser aprisionado en aquel cuerpo menudo y maleable, siempre cubierto por un vestido de tul, siempre sentado en la silla del cuarto de mi hermana, de cara a la puerta de la habitación, como esperando mi llegada para castigarme con la furia hipócrita de sus ojos de Circe. Porque era increíblemente guapa, no sé si lo he dicho, de una belleza turbadora que no hacía sino incrementar su influencia letal, su hechizo tenebroso y fulgurante como una descarga en una noche de tormenta, como la mirada de la serpiente que paraliza al pajarillo. Mi desesperación aumentaba con mi desesperanza, con el presentimiento turbio de una fatalidad ineludible y próxima, porque aquella perversa influencia de Mónica me estaba poniendo la vida del revés. Durante las clases mi mente siempre estaba con ella o en ella, mi salud comenzó a resentirse, apenas comía y mi pérdida de peso y mi aspecto demacrado y macilento alarmaron pronto a mis padres que me llevaron a un médico. Me recetó unas vitaminas y reposo, y que no fuera al colegio durante unos días. Aquello fue el detonante de la tragedia, porque la proximidad permanente a Mónica durante cada minuto del día se me hacía intolerable, odiosa, sucia. Ella era alguien que no era quien parecía ser, era ella y era otra persona aprisionada en su seno, condenada por ella a un encierro terrible en una mazmorra bellísima. Todo sucedió muy rápido, apenas recuerdo los detalles. Sé que estábamos solos en casa y que una furia ciega me guió. La cosí a cuchilladas en un ataque delirante donde mi voluntad ya no regía, sólo la ira irracional que enturbiaba mi mente como una nebulosa. Los caminos de la razón son laberínticos y es fácil perderse. Eso me dicen los médicos de este centro donde me internaron tras el asesinato. Cuando les pregunto por qué no me mandaron a la cárcel me responden siempre que no se condena a nadie por destrozar una muñeca. Qué sabrán ellos. Sólo yo supe enseguida la oscura verdad de Mónica.

El mismo perro

El batallón avanzaba con la regularidad de un reloj. Un, dos,ar; un, dos, ar. El sargento, reenganchado varias veces para no verse sometido a la tortura de una vida en la que tener que decidir por él mismo, verificaba con cierto orgullo el perfecto poliedro humano de uniformes que repondían a sus órdenes como un solo mecanismo, al que guiaba a su capricho igual que un niño a un coche de juguete con mando a distancia. Su padre sirvió y murió por y para ese mismo ejército. Sólo tenía una debilidad, con los animales, pero la disimulaba muy bien. El sargento, aunque en el fondo compartía la debilidad del padre, jamás cedió a la sensiblería del cariño gratuito. Un, dos, ar. Sus hombres eran soldados de plomo en el mosaico guerrrero de su concepción de la vida militar, la única posible, viable, entendible y válida. Lo demás eran zarandajas de civiles que no sabían comprender una mierda: que sin ellos, los militares, sus vidas cómodas no estarían a salvo.

Advirtió que un soldado de la retaguardia no acompasaba los gestos a sus órdenes mecánicas. Se detuvo y dejó pasar al pelotón. Cuando le tocaba el turno al soldado díscolo advirtió que un chucho le mordía los faldones del pantalón, jugando tal vez. Le ordenó furioso al soldado que se deshiciera del perro pero fue una tarea inútil: el animal se afanaba con más ahínco al pantalón cuanto más el recluta pugnaba por librarse de sus dentelladas juguetonas. ‘Maricón de mierda’ llamó el sargento al soldado, ‘ya te enseñaré yo’. Amartilló su pistola y descerrajó siete tiros sobre el animal. ‘¡Siga la formación!’, vociferó rojo de rabia.

Por algún motivo que no tuvo el valor de confesarse esperó a que el pelotón se alejase. Entonces se acercó al perro, que todavía movía con estertores las patas traseras. Quiso rematarlo con un último balazo pero no pudo. Se enojó y se acercó al chucho, cuyos ojos atónitos y descoloridos le recordaron a los de aquel otro que su padre sacrificó ante él cuando tenía diez años, para que aprendiese a familiarizarse con los entresijos de la violencia que toda guerra exigía..

Supo que eran los mismos ojos asombrados y moribundos, los ojos con los que había soñado cada noche desde hacía treinta años. Las lágrimas fluyeron por primera vez en su vida de sus ojos ciegos.

Amartilló de nuevo la pistola, pero esta vez no apuntó al perro.

Muertos descontentos

Nada más suicidarse se dio cuenta de su error. Sin duda se había precipitado y la consumación del acto fatal fue la consecuencia de una torpeza, de una reflexión aturdida e insuficiente, de un erróneo cómputo de los pros y los contras de su todavía corta existencia. Ahora, con la lucidez que dispensa la muerte, veía con una nueva perspectiva el decurso de su tiempo entre los vivos y la valoración era radicalmente distinta y desde luego no merecedora del drástico y temprano desenlace que él, alocadamente, había decidido depararle. Incluso se le antojaba ahora que había estado cegado por alguna especie de aturdimiento que le había impedido valorar en su justa valía la calidad de su tiempo en vida, que había sido -lo descubría de golpe y para su sorpresa- realmente bueno, satisfactorio, incluso digno de ser repetido, si la repetición fuese un atributo del tiempo, una opción para los humanos. Y un segundo o un minuto demasiado tarde -¿existe el tiempo o tiene sentido hablar de él en el reino de la muerte?- una nostalgia que sólo se puede sentir por los buenos tiempos que se acabaron y no volverán le atenazó el corazón como una garra, y un desasosiego y un pesar que sólo nos invaden cuando caemos en la cuenta que hemos dejado pasar ante nuestras narices un tiempo irrepetible que no hemos sabido aprovechar inundó su alma, la única parte de todo su ser que no se iba a corromper con el tiempo de muerto que le quedaba por delante. Y fue consciente de su ceguera como tasador de los tesoros que la vida le había ofrecido y que él había tomado por baratijas; de su criterio insuficiente para determinar el verdadero valor de los dones que habían pasado por sus manos y de los que se había desprendido tan alegremente -tan tristemente-; de su frivolidad al sopesar un dilema tan profundo como la vida-muerte, la muerte-vida -las suyas, las suyas-.

Pero, ¿qué hacer? Por supuesto él desea volver a la vida, dejar la muerte para más tarde, para mucho más tarde, pero para que eso fuese posible, primero tendría que estar -paradójicamente- vivo, porque muerto no se puede hacer nada que exprese un verbo o un sintagma verbal, excepto quizá ‘descansar en paz’ (pero eso lo dicen los vivos, los que nunca han conocido los terrenos de la muerte y no pueden por tanto saber si allí hay paz o si se puede descansar). Enseguida comprendió que una eternidad oscura y quieta sería insufrible y su angustia creció. Pero todos los muertos que la historia ha ido acumulando -una barbaridad- habían debido de pensar y sentir como él, o al menos la inmensa mayoría. ¿Qué habían hecho al respecto? ¿Serían algunos de ellos los famosos y nunca del todo probados fantasmas? ¿Seres errantes que vagan entre dos mundos en busca de consuelo o de respuestas? ¿Seres que, como él mismo, han renunciado voluntariamente a la vida y no saben qué hacer con ese resto de tiempo que han rechazado en el mundo de los vivos y del que todavía no disponen en el de los muertos? ¿Y los muertos que no se quejaban, que aceptaban con resignación su suerte ineludible? Claro que, ¿podían acaso quejarse? O mejor dicho, ¿podía alguien de cualquiera de los dos mundos escuchar esas quejas? Era muy probable que la mayoría de los muertos que hay, tanto si son voluntarios como si no, estuvieran descontentos con su condición y emitiesen sin cesar un sordo e interminable quejido de protesta, un lamento lastimero y mudo que ningún vivo escucharía por habitar en otro mundo, un mundo a la vez cercano e infinitamente lejano en el que las personas se afanaban en tareas absurdas para olvidar lo que siempre se acaba por saber o intuir en vida: que algún día estarían a solas y a oscuras ya para siempre y sin querer estarlo ni poder hacer nada al respecto excepto emitir lúgubres lamentos que ni ellos mismos podrían oír.

Comprende que ha llegado la hora de dejarse de reflexiones y de preguntas; en adelante sólo se quejará, dedicará a quejarse cada segundo de su maldito tiempo de muerto descontento, no para que alguien pueda escucharle y acaso ayudarle, eso lo sabe imposible, y además no lo desea, porque está convencido que de tener una segunda oportunidad la desperdiciaría igualmente, sino para no derrumbarse en un inmenso llanto de impotencia y de rabia que sabe que duraría lo que durase su inacabable eternidad.

Gris

Un humo denso y plomizo se elevaba sobre los tejados de la ciudad. Los rayos del sol no conseguían atravesar aquella espesura gaseosa. Era un día como otro cualquiera, la misma quietud indolente, la misma monotonía cromática, el silencio de la desesperanza. El tiempo se apelmazaba sobre las calles vacías, laberínticas y estrechas, y la mugre y el abandono tiznaban de olvido las fachadas de las casas. Como una foto en blanco y negro de sí misma, la ciudad se diluía en su propio olvido, delicuescente y etérea, momificada, como esperando un piadoso soplido para deshacerse al fin en cenizas.

Un cuervo se posó sobre la estatua de algún preboste local y trató de picarle los ojos de mármol. En una ciudad sin alma no hay alimento para los cuervos.

El río alquitranado se remansaba en turbios recodos donde se acumulaban inmundicias que había arrastrado desde muy arriba, desde otras ciudades de las montañas donde todavía ardía la llama de la vida.

El niño apareció silbando desde una esquina y enfiló la calle dando saltitos y lanzando de vez en cuando alguna piedra con una honda de caucho desgastado. Sus proyectiles rompían con tino cristales de farolas y de escaparates. Uno de ellos le acertó a la cabeza de la estatua y el cuervo voló espantado.

“No hay vida en este pueblo, pero los muertos se salvarán”, cantaba como para sí mismo sin interrumpir sus pedradas ni su danza incongruente.

Una verja le interrumpió el paso. Era el cementerio. El niño se acercó al muro y retiró con dificultad una piedra que sobresalía en la base. Se coló por el hueco y entró. Caminó con seguridad entre las tumbas, se detuvo y escrutó el vasto campo repleto de lápidas. Eran tumbas muertas, más muertas que sus moradores; cadáveres de tumbas; desposeídas de la dignidad que concede la intemporalidad. Tumbas mortales. Todo el cementerio era un cadáver inmenso, una colmena muerta.

El niño deslizó con facilidad una lápida y se introdujo en el foso. La lápida volvió a su anterior posición. Llegaba tarde. La oscuridad envolvió el cementerio y también la ciudad.

Y una canción entonada por múltiples voces se alzó sobre el cementerio, sobre la ciudad, una única voz trenzada con las voces acompasadas de incontables niños; una voz gutural, de ultratumba.

“No hay vida en este pueblo, pero los muertos se salvarán.”

El rehén

No se debería recoger pasajeros sin antes estar seguros de su naturaleza, aunque en mi caso ha sido precisamente el estudio de mi naturaleza el motivo por el que me han recogido. Soy, o mejor dicho, seré un objeto de estudio para ellos, se afanarán durante un tiempo en descifrarme buscando en realidad alguna pista que les lleve a descubrir algo sobre ellos mismos. La mayor incógnita que puede existir siempre se refiere a uno mismo, como individuo que vive y morirá, como especie viva que previsiblemente iniciará algún día su declive, que tal vez ya lo ha iniciado -¿cómo saber interpretar los signos del comienzo del fin cuando se niega tozudamente la posibilidad misma de ese final?- para desaparecer como apareció, sin un porqué, sin una función imprescindible que cumplir, sin un cometido. Me repliego sobre mí mismo en la oscuridad de este cubículo frío, mis sienes laten al ritmo acompasado de mi temor, la ausencia de dolor físico no me consuela, ¿cómo aliviar la angustia de estar preso?, busco un recuerdo que me mejore, un consuelo a esta soledad sin esperanza, la más sola de todas las soledades, pero sólo consigo llorar.

La tibieza de mis lágrimas me rescata de mis pensamientos y me devuelve a mí mismo, al ahora ignominioso y a la expectativa del después aterrador. Siempre se teme a lo desconocido, por eso nos tememos unos a otros, eso vale también para ellos, tremendos desconocidos que llevan juntos milenios sin que un ápice de entendimiento los haya cohesionado como especie más allá de pálidos y transitorios acuerdos de origen político o geográfico o étnico. Seres sin memoria porque se han desterrado voluntariamente de sus recuerdos, organismos funcionalmente efectivos pero emocionalmente perturbados. En mi mundo también somos así, también giramos en órbitas excéntricas alrededor de nosotros mismos, de nuestro egoísmo ciego, en un viaje sin fin que sólo acabará cuando desaparezcamos, como ocurrirá también con ellos algún día, el menos pensado. 

Es curioso que sólo ahora, en la humedad de esta celda, en esta nave estelar que me aleja de los míos para llevarme a otra celda donde seré estudiado los años que me queden de vida, que sólo ante la inminencia del encuentro no del todo sorprendente con otra especie racional tal vez inferior pero no peor que la mía, que únicamente ante la perspectiva de interminables sesiones en las que padeceré las vejaciones que nosotros antes infligimos a algunos de ellos, sienta algo parecido a la piedad, no por mí, sino por el desconcierto doloroso que los más sabios de entre ellos sufrirán cuando descubran que en todas partes buscamos respuestas a unas preguntas que sencillamente no deben ser formuladas, para la paz de nuestras almas.

No, no se debería recoger pasajeros sin estar seguros de su naturaleza. Pero cuando comprendan eso, ya será tarde, ya estaré, para su infinita desgracia, a su entera merced el tiempo que me quede de vida; que será insufriblemente largo. Interminables pruebas y experimentos abocarán a un fracaso no por presentido menos evitable. Seré un mártir necesario para los míos y para ellos, durante incontables generaciones, un enigma que recogieron del espacio, en un remoto planeta, pero no un enigma mayor que el de ellos mismos, el que nunca supieron ni sabrán resolver, porque hay hay enigmas que no deben ser resueltos. Sólo algunos a los que tildarán de locos alcanzarán a intuir que mi naturaleza es su naturaleza. Las verdades más simples son las menos creíbles. Y el Universo seguirá su curso, ajeno por completo a todos nosotros.