Muertos descontentos

Nada más suicidarse se dio cuenta de su error. Sin duda se había precipitado y la consumación del acto fatal fue la consecuencia de una torpeza, de una reflexión aturdida e insuficiente, de un erróneo cómputo de los pros y los contras de su todavía corta existencia. Ahora, con la lucidez que dispensa la muerte, veía con una nueva perspectiva el decurso de su tiempo entre los vivos y la valoración era radicalmente distinta y desde luego no merecedora del drástico y temprano desenlace que él, alocadamente, había decidido depararle. Incluso se le antojaba ahora que había estado cegado por alguna especie de aturdimiento que le había impedido valorar en su justa valía la calidad de su tiempo en vida, que había sido -lo descubría de golpe y para su sorpresa- realmente bueno, satisfactorio, incluso digno de ser repetido, si la repetición fuese un atributo del tiempo, una opción para los humanos. Y un segundo o un minuto demasiado tarde -¿existe el tiempo o tiene sentido hablar de él en el reino de la muerte?- una nostalgia que sólo se puede sentir por los buenos tiempos que se acabaron y no volverán le atenazó el corazón como una garra, y un desasosiego y un pesar que sólo nos invaden cuando caemos en la cuenta que hemos dejado pasar ante nuestras narices un tiempo irrepetible que no hemos sabido aprovechar inundó su alma, la única parte de todo su ser que no se iba a corromper con el tiempo de muerto que le quedaba por delante. Y fue consciente de su ceguera como tasador de los tesoros que la vida le había ofrecido y que él había tomado por baratijas; de su criterio insuficiente para determinar el verdadero valor de los dones que habían pasado por sus manos y de los que se había desprendido tan alegremente -tan tristemente-; de su frivolidad al sopesar un dilema tan profundo como la vida-muerte, la muerte-vida -las suyas, las suyas-.

Pero, ¿qué hacer? Por supuesto él desea volver a la vida, dejar la muerte para más tarde, para mucho más tarde, pero para que eso fuese posible, primero tendría que estar -paradójicamente- vivo, porque muerto no se puede hacer nada que exprese un verbo o un sintagma verbal, excepto quizá ‘descansar en paz’ (pero eso lo dicen los vivos, los que nunca han conocido los terrenos de la muerte y no pueden por tanto saber si allí hay paz o si se puede descansar). Enseguida comprendió que una eternidad oscura y quieta sería insufrible y su angustia creció. Pero todos los muertos que la historia ha ido acumulando -una barbaridad- habían debido de pensar y sentir como él, o al menos la inmensa mayoría. ¿Qué habían hecho al respecto? ¿Serían algunos de ellos los famosos y nunca del todo probados fantasmas? ¿Seres errantes que vagan entre dos mundos en busca de consuelo o de respuestas? ¿Seres que, como él mismo, han renunciado voluntariamente a la vida y no saben qué hacer con ese resto de tiempo que han rechazado en el mundo de los vivos y del que todavía no disponen en el de los muertos? ¿Y los muertos que no se quejaban, que aceptaban con resignación su suerte ineludible? Claro que, ¿podían acaso quejarse? O mejor dicho, ¿podía alguien de cualquiera de los dos mundos escuchar esas quejas? Era muy probable que la mayoría de los muertos que hay, tanto si son voluntarios como si no, estuvieran descontentos con su condición y emitiesen sin cesar un sordo e interminable quejido de protesta, un lamento lastimero y mudo que ningún vivo escucharía por habitar en otro mundo, un mundo a la vez cercano e infinitamente lejano en el que las personas se afanaban en tareas absurdas para olvidar lo que siempre se acaba por saber o intuir en vida: que algún día estarían a solas y a oscuras ya para siempre y sin querer estarlo ni poder hacer nada al respecto excepto emitir lúgubres lamentos que ni ellos mismos podrían oír.

Comprende que ha llegado la hora de dejarse de reflexiones y de preguntas; en adelante sólo se quejará, dedicará a quejarse cada segundo de su maldito tiempo de muerto descontento, no para que alguien pueda escucharle y acaso ayudarle, eso lo sabe imposible, y además no lo desea, porque está convencido que de tener una segunda oportunidad la desperdiciaría igualmente, sino para no derrumbarse en un inmenso llanto de impotencia y de rabia que sabe que duraría lo que durase su inacabable eternidad.