Sobre intolerancias

En una entrada de hace algún tiempo en otro blog comentaba una noticia aparecida en algunos periódicos en la que una asociación musulmana reclamaba al gobierno español la libertad para que las mujeres musulmanas pudieran lucir el velo (en sus diferentes modelos, no sólo el burka). Quisiera considerar algunos puntos que por escribir a vuelapluma me dejé en el tintero.
El antropólogo francés Levi-Strauss siempre fue un gran escéptico de la convivencia en armonía de culturas deiferentes, sobre todo cuando la religión supone un elemento de peso en esas culturas. Aunque existe algún ejemplo en contra, como el imperio otomano tardío, por lo general la coexistencia de comunidades con culturas y religiones distintas siempre ha estado anegada de tensiones y a la menor excusa la emprendían a palos unos con otros. Se han tolerado porque en el fondo se necesitaban, principalmente para el comercio, pero el odio siempre ha estado presente. (Levi-Strauss era un escéptico incluso con la noción de Unión Europea: pueblos con un largo pasado de enemistades entre sí, con diferentes lenguas y maneras de ser, unos ricos y otros pobres, no van a comulgar juntos de la noche a la mañana, ni por supuesto a renunciar a sus rasgos diferenciales, a sus bienamadas identidades que les afirman como pueblos ‘per se’ y les singularizan en el mosaico de los nacionalismos; el ‘nosotros’ como el ‘no a otros’ que dice Rubert de Ventós .)
El hispanoislamismo andalusí de los siglos X y XI ha querido usarse por algunos historiadores como modelo de convivencia pacífica entre las comunidades cristiana, islámica y judía. Parecer ser que la cosa no está tan clara y donde historiadores tan afamados como Manuel Fernández Álvarez afirman sin dudarlo que fue un período de prosperidad y concordia, otros estudiosos opinan lo contrario, así el hispanista francés Joseph Pérez, que no duda en asegurar: “Nunca nos cansaremos de repetirlo: la España medieval, tanto si era mayoritariamente musulmana como cristiana, nunca practicó la tolerancia.” (Historia de España, Joseph Pérez, Editorial Crítica, pag. 96). Luego, la expulsión de los musulmanes y los judíos de la por fin reconquistada -para el cristianismo- España y la creación del Santo Oficio para ajustar cuentas con los judaizantes y falsos conversos en general son hechos que parecen dar la razón a Pérez.
Las grandes migraciones hacia países occidentales de gentes procedentes de mundos subdesarrollados han aflorado los atávicos instintos de intolerancia que habían subyacido latentes mientras los extranjeros sólo venían buscando sol y no trabajo. Un pueblo no es racista o xenófobo (dos manifestaciones de las múltiples que la intolerancia tiene) con aquellos otros pueblos de los que apenas tiene noticia. Hay un chascarrillo sobre eso, dice así: en España no somos racistas, prueba de ello es que a los negros los tratamos como a personas y no como a gitanos. Pero cuando el negro, el moro, el chino se queda a vivir en casa ya no se hacen chistes porque no nos hace maldita la gracia.
Otros eruditos no necesariamente historiógrafos han abordado el tema de la intolerancia entre los pueblos que coexisten en mismo espacio geográfico, sobre todo aquellos que de un modo u otro la han sufrido en sus carnes. Amín Maalouf, escritor libanés afincado en Francia, afirma en su libro ‘Identidades asesinas’ que el primer reflejo del inmigrante es pasar inadvertido en el nuevo país, pero al ver que no lo consigue por más que lo intente, su frustración le lleva, por orgullo y como bravata, a hacer alarde de su diferencia. Y ahí comienza el conflicto. También se opone Maalouf (y yo con él) al mito de una religión cristiana destinada a ser vehículo de modernidad, libertad, tolerancia y democracia; y a una religión musulmana abocada desde sus orígenes al despotismo y al oscurantismo. Y se pregunta (y yo con él) :¿Por qué el Occidente cristiano, que tiene una larga tradición de intolerancia, que siempre ha tenido dificultad en coexistir con ‘el Otro’, ha sabido engendrar sociedades que respetan la libertad de expresión mientras que el mundo musulmán, que durante tanto tiempo ha practicado la coexistencia, se nos presenta hoy como un baluarte del fanatismo? (Identidades asesinas, Amín Maalouf, Biblioteca Maalouf, Alianza Editorial, pag. 68).
Vemos que el asunto es muy complejo, que enraíza en un pasado cuajado de conflictos que engendraron odios aún no disipados y que no parece tener una solución universal que contente a todas las partes; más bien habrá una multitud de pequeños consensos en los que cada parte tendrá que ceder un trocito de su propia identidad y aceptar como suya un pedacito de la del otro. Y esto puede llevar años o siglos o ser una quimera y no conseguirse nunca.
Y aquí lo dejo, porque se trata de algo que sobrepasa los límites de este humilde blog y los de su torpe autor. Pero quiero que conste que me sigue pareciendo un acto de hipocresía, de vileza y de desprecio hacia las mujeres musulmanas que una asociación que se dice defensora de los derechos de estas exija para ellas la libertad para lucir el velo. Fíjense que no dice ‘para decidir si quieren lucir el velo’, porque esa libertad no la tienen, sería como pedirle a una monja cristiana que elija ir al supermercado con sus hábitos o en pantalón corto y camiseta. No hay elección posible. Y, si aún así alguna mujer musulmana decidiese ‘elegir’, el castigo de la comunidad y de la propia familia en forma de ostracismo, desprecio e incluso expulsión supondría para ella una condena de por vida muy difícil de sobrellevar.
¿Debe entonces la tolerancia, en aras de un futuro pacífico de una comunidad interétnica, intercultural e interreligiosa, tolerar a los intolerantes, sean cuales sean sus señas de identidad, o no debería consentir intolerancias? Termino con una reflexión del genial Stanislaw Lem en su libro ‘Provocación’ (donde pone ‘mal’ léase ‘intolerancia’, y donde ‘bien’, ‘tolerancia’: “El mal resulta pragmáticamente más eficaz que el bien, porque en esta disposición de fuerzas el bien tiene que contradecirse a sí mismo para contener el mal, es decir, que en estas contiendas no existe ninguna estrategia de éxito inmaculada: la legitimidad vence en la medida en que ella misma se asemeja a la ilegitimidad que combate.” Y adoptar esa dinámica de convivencia supondría caer en un profundo abismo de negrura y muerte.