La jugadora

Ayer volví a jugar. Volví a perder, pero ya lo sabía. ¿Por qué juego entonces? Buena pregunta, pero es una una pregunta sin respuesta, y lo que no tiene repuesta es mejor no cuestionarlo, solo dejar que suceda. Mi vida ha sido una vida como tantas otras, con posibilidades, sueños, obstáculos, desengaños, alegrías y sufrimientos. Soy una mujer luchadora, siempre he sabido cómo encontrar una salida a situaciones dolorosas; también cómo encontrar una entrada por necesidad, para subsistir. Soy madre porque era lo que más deseaba, y mi hijo da hoy sentido a mi vida. A él, a nuestra relación me aferro. He sido una buena madre, creo, me siento orgullosa de mi hijo, nos contamos cosas que no es costumbre que se cuenten una madre y un hijo. Pero él ya tiene veinte años y sé que muy pronto me sustituirá por otra otra en su vida, otra mujer que le dará lo que yo como madre es imposible que le dé. Ley de vida, claro, pero duele. No he tenido demasiada suerte con los hombres, pero quién la tiene. A veces, hablando con mis amigas puedo ver cómo se engañan a sí mismas, cómo fingen haber encontrado a su príncipe azul, cómo disimulan su frustración para no sentir el dolor del fracaso. Se sienten culpables, tal vez vacías por saber sin reconocerlo que viven con un extraño incapaz de hacerlas felices, alguien que ni siquiera las escucha, que tal vez las engaña. Y ellas se han instalado en al engaño interpretando el papel que creen que les corresponde, un inevitable papel de perdedoras obligadas a disimular para que la vida continúe, para no fastidiar la obra, engañándose, fingiendo un hogar y una familia de cuento de hadas. ¿Pensarán en todo eso cuando sientan que la vida se acaba? ¿Se arrepentirán de haber llevado una vida fingida? ¿Se preguntarán si ha merecido la pena? No he tenido suerte con los hombres, pero yo no finjo, yo tengo a mi hijo y aunque sé que no será por mucho tiempo pienso aprovechar cada instante, aferrarme a su presencia diaria, a su compañía. Después ya veré, soy una luchadora, sé buscarme la vida, participo activamente en los movimientos feministas, así me siento acompañada en esta lucha de ser mujer en una sociedad machista. He cumplido mi sueño de ser madre y los hombres ya no tienen sentido en mi vida. Despojada de la parafernalia romántica cualquier relación se reduce a su finalidad darwiniana: sexo y solo sexo. Y me gusta el sexo, pero ya no tengo que excusarme en razones maternales, en instintos trascendentales para disfrutarlo. Quiero el sexo por placer, por deseo físico, por necesidad fundamental. Ya no me hace falta disfrazarlo con relaciones que acaban arruinando cualquier concepción idílica de la vida, sino que terminan por convencerte de que hasta el placer es innecesario, un cuento bonito para hacer caer en la trampa del machismo a las jóvenes despistadas, una leyenda urbana. Por eso he decidido ser yo quien juegue ahora con los hombres, ser yo quien los utilice para mi placer. No por venganza, por justicia. Por eso juego. Por eso pierdo. El dolor ya no me afecta. Solo que hay momentos, pocos, en los que me pregunto si de verdad estoy haciendo lo que quiero, si soy libre para jugar cuando quiera hacerlo, si de verdad no me importa perder. Pero casi siempre estoy convencida de que ya soy libre y hago lo que deseo, sin imposiciones, sin remordimientos, sin dudas. Por eso juego. Por eso pierdo. Hoy, tal vez mañana, jugaré de nuevo. Lo que me asusta un poco es esta esperanza tonta de creer que esta vez, al menos esta vez, voy a ganar.